yato yato niścarati
manaś cañcalam asthiram
tatas tato niyamyaitad
ātmany eva vaśaṁ nayet
“Adondequiera que vague la mente
inquieta,
alejándose de su verdadero hogar,
guíala suavemente de vuelta con
cuidado,
y permite que repose en el ser
consciente”.
Ayúdame, mi Señor, a trabajar con la
mente que tengo, tal como un padre necesita trabajar con el hijo que tiene.
Así como un padre no puede esperar que
un niño se comporte como un adulto responsable, permíteme no imponerle a mi
mente, mi Señor, expectativas poco realistas de una absorción espiritual
constante y firme. Y cuando no cumpla mis expectativas y se desvíe, permíteme
no decepcionarme demasiado con ella ni conmigo mismo por no ser capaz de
controlarla perfectamente.
Tú, mi Señor, como Padre Supremo, has
puesto en cada niño el potencial para crecer y deseas que los padres sirvan
como jardineros que cultivan la semilla que Tú ya has plantado. De manera
similar, ayúdame, mi Señor, a comprender cuál es mi función al educar mi mente.
Aunque dentro de ella habitan muchos condicionamientos tóxicos, Tú, mi Señor,
también has puesto en lo más profundo de mi ser el potencial para hacer cosas
significativas e incluso, si esa es Tu voluntad, cosas maravillosas.
Guíame, mi Señor, para que, al tratar
con mi mente, me concentre menos en tratar de convertirme en su amo,
obligándola a crecer de acuerdo con mis planes y expectativas. En cambio,
ayúdame a convertirme en Tu servidor, mi Señor, y a acercarme a mi mente con
esa actitud de servicio, guiándola hacia el crecimiento con paciencia cada vez
que se desvíe y perseverando en mis esfuerzos por volver a concentrarla.
De lo que sea y de dondequiera en que
la mente deambule debido a su naturaleza vacilante e inestable, uno debe sin
duda apartarla y ponerla de nuevo bajo el control del yo. - Bhagavad-gītā 6.26

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