22. Esto es muy enojoso para mí



Śrīla Prabhupāda quería que devotos e invitados estuviesen atentos mientras él hablaba sobre el Bhagavad-gītā o el Śrīmad-Bhāgavatam. Una vez, Prabhupāda expresó su disgusto con un niño que lloraba, y una persona en la audiencia lo desafió:
—Si usted es un guru, ¿por qué se perturba?—. Prabhupāda contestó que era la audiencia la que veía perturbada de escuchar atentamente, y que por eso había pedido que hiciesen callar al niño. Incluso cuando Prabhupāda hablaba en hindi, que la mayoría de sus discípulos no podían entender, esperaba que se quedasen escuchando y guardasen silencio. Dijo que incluso si no podían entender el lenguaje, la vibración sonora los purificaría.
En Nueva Delhi, en cierta ocasión en que Prabhupāda estaba hablando a un ministro del gobierno y otros invitados en su habitación, dos de sus discípulos armaron alboroto. Brahmānanda Swami estaba enfermo y necesitaba saber la dirección de un médico; así pues, entró en la habitación para atraer la atención de Tejās. Al principio, Tejās no quería ni siquiera hablar, pero Brahmānanda insistió y lo atrajo a un lado. Tejās se volvió y dio la dirección del doctor, pero Brahmānanda le pidió más información, y los dos empezaron a discutir. Como reacción a la molestia, Prabhupāda dejó de hablar. Cuando los devotos lo miraron, él tenía la vista clavada en una mancha del techo que estaba justamente encima de donde los dos habían estado sentados. Prabhupāda bajó la vista del techo y miró directa y firmemente a los dos discípulos ofensores.

—Esto es muy enojoso para mí —dijo Prabhupāda. Sacudió su cabeza con disgusto y añadió: —Es desconcertante.
Habló estas últimas palabras con un tono suave, pero con ira. La atmósfera de la habitación era muy tensa. Los distinguidos invitados miraban a los jóvenes y a Prabhupāda, y los jóvenes estaban desolados. El disgusto de Prabhupāda continuó sin alivio, hasta que de pronto otro devoto entró en la habitación y anunció: —Prabhupāda, el auto está listo—. No liberó a sus discípulos de su instructiva indignación hasta que se levantó para salir a cumplir otra ocupación.
Entrevista con Tejās dāsa

En 1969, cuando Prabhupāda se hospedó en la finca de John Lennon, le gustaba pasear durante la brumosa mañana por los jardines y arboledas. Allí se encontró con el jardinero jefe, un anciano caballero inglés que solía vestir una chaqueta de cheviot, incluso cuando cavaba la tierra. El jardinero no había mostrado interés en la filosofía ni en los devotos, pero cuando vino Prabhupāda, se interesó en encontrarse con él. Durante el primer paseo matutino, el jardinero jefe se presentó. Prabhupāda también estaba vestido como un caballero, llevaba una chaqueta negra larga, un sombrero negro y botas Wellington.
—Yo soy el jardinero jefe aquí —dijo el hombre. Prabhupāda dijo que estaba contento de encontrarse con él y le preguntó: —¿Qué está cultivando?—. El jardinero ansiosamente mostró a Prabhupāda algunas plantas y frutos que cuidaba en el invernadero, entre ellas melones de agua y variedades de flores. También extrajo las bandejas que había bajo una mesa del invernadero y le enseñó a Prabhupāda sus champiñones.

—Oh, nosotros no comemos eso —dijo Prabhupāda—. Son hongos—. El hombre admitió que eran hongos. Prabhupāda explicó que los champiñones no saben bien y, como crecen en lugares oscuros y húmedos, se consideran alimentos en la modalidad de la ignorancia. Śrīla Prabhupāda sugirió entonces al jardinero que probase cultivar dedos de dama, pero el hombre no sabía qué es lo que quería decir Prabhupāda. Prabhupāda señaló sus propios dedos. —Debe usted cultivar estos dedos de dama—. Dijo la palabra hindi, bhiṇḍīs, pero el hombre tampoco entendió. Al final, el jardinero pudo comprender que Prabhupāda hablaba de quingombós. Prabhupāda preguntó al hombre si podía cultivar mangos, pero éste le dijo que no, que ni en el invernadero.
—¿Usted qué edad tiene? —preguntó Prabhupāda. El jardinero contestó que sesenta y seis. Prabhupāda preguntó: —¿Todavía tiene todos los dientes?
El jardinero pareció un poco incómodo, pero de todos modos contestó: —No, ya no. Tengo todos los dientes postizos.
—Yo tengo setenta y dos años —dijo Prabhupāda— pero todavía tengo todos los dientes.
Prabhupāda abrió la boca y se los mostró.
El jardinero contestó: —Perdí todos mis dientes porque me gustan demasiado los dulces.
—A mí también me gustan los dulces —replicó Prabhupāda—. Yo como muchos dulces, pero como los que se pueden comer: sandeśas, rasagullās, gulābjamūns. Usted también tiene que comer de estos dulces.
Después de este encuentro, cuando paseaba por la mañana, Prabhupāda saludaba habitualmente al jardinero con unas palabras o al menos, si el jardinero trabajaba a cierta distancia, intercambiaban un saludo agitando las manos.

Entrevista con Dhanañjaya dāsa

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