Bhagavad-gītā 6.25
El cambio suele ser gradual antes de
llegar a ser revolucionario.
Cuando tratamos de mejorar, uno de los
obstáculos que enfrentamos es que, después de cierto tiempo, perdemos el
entusiasmo. Al principio, tenemos la convicción de que vamos a mejorar
drásticamente, y esa sensación de entusiasmo y expectativa nos llena de
energía. Pero, con el tiempo, comenzamos a notar que los cambios en nosotros no
son tan grandes como para que los demás puedan percibirlos, ni siquiera
nosotros mismos, a menos que hagamos una pausa consciente para observarlos.
Entonces, nuestro entusiasmo empieza a disminuir, y el esfuerzo por mejorar
comienza a parecernos una lucha cotidiana.
Es fundamental perseverar durante esta
etapa. Debemos recordar cómo se produce el cambio. Por lo general, es gradual:
avanza mediante pasos muy pequeños antes de hacerse perceptible, y mucho antes
de llegar a ser extraordinario. Quienes desean mover montañas tienen que
comenzar moviendo piedras que estén a su alcance y continuar haciéndolo.
Tendemos a sobreestimar el poder de
nuestro entusiasmo, que pronto se agota. Por eso, el cambio duradero no debe
basarse en las emociones, sino en la razón. Aquí es donde nuestra inteligencia,
mediante la reflexión racional, nos impedirá cometer el error de subestimar el
poder acumulativo de los pequeños pasos.
Es ese esfuerzo cotidiano el que, durante un período considerable, producirá pequeños cambios graduales, hasta que un día esa transformación resulte revolucionaria. Entonces descubriremos que nos hemos convertido en una persona mucho mejor, alguien por quien podemos sentir un sano respeto por nosotros mismos; una persona capaz de producir una diferencia positiva en la vida de los demás y en el mundo entero.
Gradualmente, paso a paso, uno debe ponerse en trance mediante la inteligencia sostenida por una convicción total, y, de ese modo, la mente debe estar fija sólo en el Ser, y no debe pensar en nada más. - Bhagavad-gītā 6.25

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