No analices la basura; simplemente deséchala


Bhagavad-gītā 6.28

Supongamos que heredamos una casa antigua y deshabitada que contiene mucha basura. Podríamos preguntarnos de dónde proviene toda esa basura. Pero no dedicaríamos demasiado tiempo a averiguar su origen; simplemente la desecharíamos y nos concentraríamos en hacer que la casa fuera habitable.

Debemos adoptar un enfoque práctico similar al tratar con la mente. La mente es la casa interior en la que vivimos las almas durante toda nuestra existencia material. Por supuesto, no heredamos la mente en un momento determinado; simplemente tomamos conciencia de ella y de su contenido cuando nos guiamos por la sabiduría de la Gītā.

Mientras que el cuerpo físico, compuesto de materia burda, es visible, la mente, compuesta de materia sutil, es invisible. Por eso, muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de que la mente es diferente de nosotros; confundimos sus deseos con nuestros propios deseos. Pero la sabiduría del Gītā ilumina nuestro territorio interior y nos ayuda a comprender que la mente es nuestra cubierta sutil, y que, además, no es precisamente una cubierta agradable.

Al igual que una casa llena de basura, la mente está llena de muchos deseos que merecen ser desechados. Por eso, cuando aparece en nuestra conciencia algún deseo indeseable, no necesitamos analizar demasiado de dónde proviene. Podemos hacer una revisión rápida para comprobar si, intencionalmente o sin darnos cuenta, nos hemos expuesto a algún estímulo perturbador. Si encontramos algo, podemos planear cómo evitar o reducir una exposición similar en el futuro. Pero, si no encontramos la causa —e incluso si la encontramos—, lo importante no es el origen de la basura, sino su destino. Debemos barrer los deseos indeseables y sacarlos de nuestra conciencia.

La mejor manera de hacerlo es llenar nuestra conciencia de pensamientos acerca de Kṛṣṇa y de servicio a Él. El Bhagavad-gītā (6.28) nos asegura que, mediante la práctica decidida del yoga, podemos purificarnos por completo y situarnos en una felicidad espiritual eterna.

De ese modo, el yogī autocontrolado, dedicado constantemente a la práctica del yoga, se libra de toda contaminación material y alcanza la máxima etapa de la felicidad perfecta, en el servicio amoroso y trascendental que le presta al Señor. - Bhagavad-gītā 6.28


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